Historia de la navegación: españoles y japoneses

Cualquier persona mínimamente observadora podrá percatarse de la abundante presencia de ciudadanos japoneses paseando por las calles de Sevilla, cámara en mano, sempiterna la sonrisa. Lo cierto es que esta atracción japonesa por la ciudad hispalense viene de antiguo: concretamente, habría que remontarse a principios del siglo XVII para dar testimonio de la primera vez que una expedición japonesa navegó por el río Guadalquivir.

Los contactos entre españoles y japoneses se remontan a 1549, cuando jesuitas y franciscanos arribaron al archipiélago nipón con el objeto de evangelizar a la población y extender el mensaje de Dios en el territorio del Sol Naciente. El Catolicismo encontró una buena acogida en estas gentes, y las conversiones fueron muy numerosas.

Estatua de Hasekura Tsunenaga en Sanlúcar de Barrameda

Estatua de Hasekura Tsunenaga en Coria del Río

Tanto fue así, que el Gran Shogun de Edo (el Emperador absoluto del Japón), llegó a ver el Catolicismo como una amenaza, y prohibió su culto, torturando y ejecutando a un número nada desdeñable de japoneses conversos.

En 1609, el gobernador español de Filipinas, Rodrigo de Vivero, partía hacia Nueva España (actual México), pero las naves fueron sorprendidas por una terrible tormenta, y su expedición naufragó, desembocando en las costas japonesas. 317 náufragos españoles y tagalos (indígenas filipinos) fueron atendidos con gran hospitalidad por los japoneses.

Los lugareños trasladaron a los supervivientes en presencia del Gran Shogun, en la entonces capital japonesa, Edo. El soberano nipón, enterado de la grandeza y del magnífico imperio de Su Majestad Católica, Felipe III, propone a Rodrigo de Vivero establecer relaciones comerciales con España y sus colonias de Filipinas y Nueva España.

El Emperador encargó al samurái inglés William Adams la construcción del barco San Buenaventura, para que los españoles pudieran regresar a su destino. A su llegada, en 1611, Rodrigo de Vivero dispuso todo lo necesario para devolver el favor a sus socios japoneses, enviándoles un cargamento de oro, plata, y 4.000 ducados para saldar sus deudas y sufragar la construcción de la embarcación que los trajo de vuelta.

Mientras, en Japón, el franciscano Fray Luis de Sotelo convenció al señor feudal de la ciudad-fortaleza de Sendai, Date Masamune, para que éste enviara una embajada al Papa de Roma, y también a España. La expedición ‘Keicho’ contó con la ayuda del reputado marino español, Sebastián Vizcaíno, construyéndose un galeón de 500 toneladas de peso, bautizado como Matsu Maru por los japoneses, San Juan Bautista por los españoles.

Al frente de esta misión, el señor feudal de Sendai nombró al samurái Hasekura Tsunenaga, un auténtico héroe de guerra. A éste le acompañaba una comitiva de 150 japoneses más, además de 25 españoles, con Vizcaíno al timón. Una vez zarpó el San Juan Bautista, el señor de Sendai, recién convertido al Catolicismo, se puso a perseguir sin piedad a budistas y sintoístas en su circunscripción territorial, en contra las directrices del poder central japonés.

La primera escala fue Acapulco (México). Allí, fueron recibidos por el virrey Guadalcázar, y 68 japoneses fueron bautizados. La segunda escala sería Sanlúcar de Barrameda, a finales de septiembre de 1614, siendo maravillosamente recibidos por el duque de Media Sidonia, quién además aparejó dos galeras para que la expedición navegara río arriba hasta Coria del Río, por entonces un importante puerto del Guadalquivir.

En Coria del Río, con una población de unos 2.000 habitantes, fueron recibidos por las autoridades sevillanas. Los japoneses quedaron fascinados con esta modesta localidad, que se dedicaba fundamentalmente a la pesca fluvial, la cría de caballos, y a la agricultura en huertos de modesta importancia. Para ellos, era el paraíso terrenal, un lugar donde podían manifestar su nueva fe sin cortapisas, ya que el furibundo Gran Shogun perseguía al Catolicismo sin descanso, situación que se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX.

Así las cosas, un grupo de japoneses decidieron quedarse a vivir en Coria del Río. Casaron con corianas y tuvieron descendencia mestiza, que aún hoy es reconocible en los habitantes de la localidad sevillana, debido a la persistencia de rasgos asiáticos en ellos.

Como los apellidos japoneses eran de difícil aprendizaje y pronunciación para los corianos y corianas, se adoptó comúnmente el apellido ‘Japón’, que también persiste hoy día en, aproximadamente, unos 650 ciudadanos de esta localidad. Ya en época contemporánea, se erigió una estatua al samurái Tsunenaga en la plaza Carlos de Mesa, para conmemorar esta curiosa expedición.

Descubriendo la exposición permanente V – Catalina de Erauso, LA MONJA ALFÉREZ

Esta es la historia de una mujer en un mundo de hombres. Pero Catalina de Erauso (Araujo) no era una mujer cualquiera. Nacida en San Sebastián en 1592, 100 años después de la llegada de Cristóbal Colón a las orillas del Nuevo Mundo, mostró desde edad temprana su temperamento y disposición por la dura vida de soldado. Poseedora de un carácter irascible y violento, esquivó la vida conventual que sus padres habían planeado para ella , y disfrazada de hombre, consiguió embarcarse en Sanlúcar de Barrameda hacia el Perú, donde combatió en guerras a las órdenes de distintos capitanes.

Su destreza y valor en el combate contra los temibles guerreros mapuches de Chile, le valió para alcanzar el grado de alférez. Su aspecto, como tendréis ocasión de comprobar, le permitía pasar por hombre sin ningún problema.Además, su comportamiento pendenciero y

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agresivo, propio por otra parte de la soldadesca, contribuían a facilitar el engaño del alférez Doña Catalina. Si a esto le sumamos algunos testimonios, incluidos los suyos propios, que relatan acerca de su inclinación sexual hacia las mujeres, podremos comprender cómo pudo pasar desapercibida en un mundo tan rudo y salvaje como el de los soldados españoles del siglo XVII.

Pero sus arrebatos de ira no tardarían en causarle problemas serios. En 1623, y tras una trifulca, Catalina fue detenida por las autoridades de Huamanga (Perú). Para evitar su ajusticiamiento, confesó al obispo Agustín de Carvajal su condición de mujer virgen, con la esperanza de conseguir clemencia. El obispo la convirtió en su protegida y la envió de vuelta a España, donde el rey Felipe IV la llamó ‘monja alférez’, por haber estado recluida en un convento cuando era niña, y le permitió utilizar su nombre masculino. En una visita a Roma, el pontífice Urbano VIII también autorizó y dio por bueno su ‘cambio de sexo’.

Catalina pasaría sus últimos  veinte años en México, regentando un negocio de transporte de mercancías. Falleció a los 58 años, con las botas puestas, durante el transcurso de un envío a la ciudad de Veracruz. No obstante, su memoria aún vive hoy en el Pabellón de la Navegación … ¿te atreverás a sostener la mirada a la dura y peligrosa monja alférez?